17 dic 2008

Mayel Lopez

Por Octavio Rivera López
Mayel se la pasa metiéndose en los lugares menos recomendables, a las horas más inconvenientes: son sórdidos, insalubres, pestilentes… y el peligro se huele.
Esta vez, en una de estas madrugadas frías de diciembre, tuvo que reptar para colarse por el agujero de una malla de alambre, para llegar a unos contenedores de basura.
Ya del otro lado de la malla, comenzó a levantar las tapas de los depósitos, y con una pequeña lamparita de bolsillo se puso a iluminar el interior. Buscaba el movimiento de un cuerpo, detectar una respiración, un quejido. No hubo nada.
Después se metió a las cuevas debajo de Webb Chapel Rd., que forman parte de los canales recolectores de agua residual que corren por las entrañas de la ciudad.
Sacó de nuevo la lamparita y apuntó a los montículos que se apreciaban a media luz. Quería saber si eran lo que parecían, rimeros de basura, y no los cuerpos acurrucados que suele encontrar aquí, cubiertos con cobijas raídas, periódicos y plástico, de personas que ya lo han perdido todo.
Nada otra vez. En el recorrido por los escondrijos, Mayel no encontró lo que buscaba.
Volvió entonces a la superficie y se encaminó a una taquería sobre la misma Webb Chapel, cerca de Lombardi. Y ahí, con su ropa embadurnada y la barba crecida, Mayel encontró lo que buscaba.
Los dos hombres estaban de pie, en lo más oscuro de un callejón que circundaba el establecimiento, y con sus ojos inyectados miraron a Mayel, con desconfianza, mientras se acercaba a ellos.
“¿Cómo están, cómo les va?”, dijo Mayel, con un apretón de manos.
“No vine a decirles que ustedes son borrachos o drogadictos. Sólo quiero decirles que a veces, uno se mete en esas cosas y luego ya no sabe cómo salir. Si ustedes tienen ese problema y quieren dejar esa vida... empezar de nuevo, yo les echo la mano”.
Mayel parecía un predicador, pero de los buenos. Un par de minutos después, los dos hombres estaban ya contando sus vidas, sin escatimar en detalles, sin omitir tragedias.
Juan, nacido en Durango y llegado a Dallas hace 30 años, no paraba de lamentarse. Alguien le había robado, horas antes, la única cobija que tenía. Desapareció, dijo, del interior de una casa de campaña confeccionada con retazos de plástico y cartón por otros indigentes, en la ribera del canal, junto a la reja del cementerio Crown Hill.
Rubén, de Chihuahua, confesó que no tenían donde dormir esa noche. La casita de campaña ya estaba ocupada, y en las cuevas del canal, justo debajo de sus pies, la lluvia había inundado sus camas.
Cuando terminaron los relatos y antes de despedirse, Mayel sacó de su saco un fajo de tarjetas de cartulina verde y se las entregó a sus interlocutores, que ya eran tres.
“¿Cansado de usar drogas?
¿Cansado de tomar alcohol?
¿Te gustaría cambiar?
Llámanos, te ayudamos a
salir de tu adicción.
Hay una oportunidad para ti.
La ayuda es totalmente gratis.
(214) 659-3976
Mayel López”.
SUBHEAD
Los tres hombres dieron las gracias y contestaron el adiós de Mayel, pero uno, el último en sumarse a la conversación, Guillermo, observaba irse casi con desesperación.
“Yo te llamó, palabra, yo sí te llamo”, le decía, mientras Mayel se le perdía de vista.
“La gente sí me llama después”, dice Mayel, “porque hay mucha gente que vive así, que necesita que alguien les dé esperanzas”. Y quizás le llamen también, porque Mayel siempre va dejando un rastro de tarjetas verdes por donde camina.
Continuará...

16 dic 2008

Armando hoyos

“Guey” me envió una carta de odio contra Andrés Manuel López Obrador en las postrimerías de la campaña presidencial de 2006. Gozaba, supongo, cuando imaginaba mi cara de encabronado mientras leía el texto.
“Guey” es un analfabeta funcional, lo he tenido claro siempre, pero su escasa sapiencia no lo disuadió de ofenderme con diatribas (ni siquiera escritas por él, la cabeza no le da) armadas no con argumentos, sino con odio evidente y una buena dosis de racismo.
Y eso, ni siquiera a un lerdo como él, se le debe disculpar.
Para Guey, apoyar la candidatura de Felipe Calderón no representaba sólo el ejercicio de su derecho de apoyar a la fuerza política de su preferencia.
En el fondo, apoyar a Calderón le permitía a Guey, mediante una ecuación mental que la neta no entiendo, sentirse parte de la elite nacional; le permitía, en su lógica, mimetizarse con los miembros del conservadurismo religioso que tan cerca ha estado siempre del capital, del PAN y de la vida de privilegios.
El problema es que Guey, como toda su familia, se ubica por sus posibilidades económicas más cerca de los 40 millones de jodidos que hay en México que de los miembros auténticos de nuestra elite económica, incluidos los párrocos, y de sus privilegios.
Guey no es “gente bien”, “gente bonita”, “gente chick”, pa explicarme bien.
Entonces, ¿por qué decidió Guey atacar a un a opción política que, con todos los defectos que se le quieran atribuir, planteaba un cambio de rumbo indispensable para modificar, o por lo menos intentarlo, el sistema de desigualdad que impera en México y que tiene a millones en la miseria o en la pobreza?
Porque Guey es eso, un Guey, con poca humanidad.