28 dic 2008

Caguamas que liberan

Doña Ofe debió ser la persona más querida por la generación aquella que vivió conmigo sus primeros años de instrucción, en la primaria 18 de Marzo, en la tres veces heroica Zitácuaro, Michoacán.
Todos los días, tan pronto sonaba la chicharra de salida, el tsunami de chamacos ansiosos, con sus mochilas y suéteres trapeando el piso, corríamos directo a encontrarla.
Y ahí estaba como siempre, lista con su sonrisa inamovible, en la acera frente al colegio y custodiando su carrito de madera azul destartalado, atestado de manjares: mazapanes, nucitas, chupirules, chicles Motita y Futigom, Pulparindos, paletas Tutsi, y las democráticas bolsitas de churros y chicharrones que se hacían aguados tan pronto los inundaba con salsa valentina... y muchas ricuras más.
Ahí, en su banqueta, se quedaba doña Ofe hasta que repetía la faena con la jauría del turno vespertino.
Después, con las últimas claridades del día, acomodaba sus mercancías, se ponía detrás del carrito y arrancaba de regreso a casa, faena a todas luces sufrida por la pendiente desfavorable del recorrido, por la falta de alineación del cacharro y por sus fuerzas cada vez más desvanecidas por los años.
Quise especialmente a doña Ofe por toda la dulzura que me dio en aquellos años pero más que por otra cosa, porque como en pueblo chico las coincidencias nunca son pocas, su hijo y yo terminamos siendo carnales irrenunciables del alma.
Nunca fuimos a la misma escuela, pero el Migue y yo nos las arreglamos para acompasar, paralelos siempre, nuestros años.
Fuimos juntos por primera vez a la disco, enfundados en pantalones Topeka bicolores, zapatos negros y calcetas deportivas blancas, y el pelo cubierto de una nata de gel tan gruesa que, terminado el dancing y de vuelta en casa, requerimos varios minutos de jicarazos de agua caliente a la cabeza para hacerla ceder.
Migue y yo también estuvimos en el equipo más popular de voleibol en la historia de la liga municipal. Era famoso no por nuestras pírricas victorias, sino por el nombre que le pusimos (orines de puerco) y porque éramos garantía de pleito al fin de cada juego, no importaba cual fuera el marcador final.
Nos metieron juntos a la cárcel, por pintar con spray leyendas zapatistas sobre los anuncios que había mandado rotular en las bardas de la colonia el servicio municipal de agua potable.
Nos acabamos juntos nuestra primera cajetilla de Delicados, como correspondía a nuestra calaña, y nos emborrachamos por primera vez con un litro de Don Pedro. Fue, cómo no acordarme, en la casa del Guajo, que ese día festejó su cumpleaños sin familia a la vista. El Guajo, un buen compa que terminó yéndose a Chicago, tuvo que comprarle a sus papás un colchón nuevo después de la pachanga. El Migue y yo, mientras tratábamos de vencer al mareo (siguiendo el consejo de poner un pie en el suelo para hacer tierra) para poder dormir un poco, tupimos la cama paterna con los tacos semi-digeridos de tripita y buche con los que habíamos acompañado los “salud carnal”.
Conciertos de rock, serenatas, acampadas con guitarra en mano y luna llena, broncas montoneras, más borracheras, desilusiones amorosas (sobre todo eso), pero también risas, soledades de todo tipo pero compartidas, y sueños grandes, el Migue y yo vivimos juntos todo eso y lo que me falta.
Mi esposa, a la que conocí en la prepa y con quien llevo ya seis años de feliz matrimonio, me dijo un día que por Migue estuve a punto de perderla. Al final pude conciliar los intereses.
Sólo había un cosa que podía hacer que Migue y yo no anduviéramos de patas de perro todo el día: Doña Ofe y su cada vez más amplio menú de achaques, que la postraban por días en cama.
Siempre que estaba en el pueblo, el Migue dejaba cualquier cosa que estuviera haciendo para ir a recoger a su mamá a la escuela. Le atascaba de besos la cara y la cabeza encanecida, luego le volaba un chicle, acomodaba la merca, y se ponía al timón del carromato para enfilar hacia su casa. Siempre estaba al pendiente de ella, cualquier cosa por ella.
Cuando nos llegó el momento de elegir universidad, nos llegó también el tiempo de buscar nuevos cómplices. Yo me fui a la Ciudad de México, Migue entró a estudiar sistemas computacionales en el Tecnológico Regional de Morelia, y nuestros caminos empezaron a separarse.
El último día que estuvimos juntos, la víspera del inicio de cursos, nos tuvimos que acabar cada uno dos Caguamas para poder llegar con entereza al “nos vemos luego carnal”. Antes de irse me dijo que ahí estaba empezando su sueño, ese en el que su carrera le daba suficiente para quitar a Doña Ofe de andar empujando por las calles del pueblo su confitería ambulante.
“¡Luego le voy a comprar su casa carnal!”.
Pero la cosas no le fueron bien. Seis meses de pagar pasajes, comida, hospedaje y libros le bastaron para darse cuenta que eso del desempleo, sobre todo cuando lo quieres combinar con la vida universitaria, era cosa seria. Y por más tupido que fuera el tsunami de chiquillos de la 18 de Marzo que contribuía a su economía familiar, el carromato de Doña Ofe simplemente no pudo con la carrera.
Un año y medio después de las dos Caguamas del “te veo después”, mientras nos echábamos otras frías en la puerta de mi casa, pasó por la calle el Toro, con tres cadenotas de oro al pecho, al volante de una F-150 achaparrada, faros de niebla y con un atardecer y una chica encuerada pintados en la carrocería.
Tenía tres días en el pueblo, acababa de llegar de Sacramento. Sólo venía, dijo, a darle una vuelta a sus viejos y a vender el “mueble”.
Ocho días después, el Migue estaba ya haciendo maletas para irse con el Toro al norte.
La mitad de nuestros amigos del pueblo ya se le habían adelantado, pero no fue eso lo que lo convenció de sumarse a la lista de expatriados.
“Por Doña Ofe carnal”, me dijo en la segunda despedida. “Va por ella”.
Quienes conocimos a Migue y supimos siempre lo apegado que estaba a su madre, a nosotros y al pueblo, le pronosticamos sólo tres meses de aventura.
Pasaron seis. Volvimos a hacer el pronóstico: sólo un año.
Se cumplió el año, luego otro, y otros más y el Migue no volvió. Hasta el Toro regresó, para poner con sus ahorros un taller de lavadoras y refrigeradores que no le funcionó, pero no el Migue.
Ahora sí, parecía que se acababa el acompasamiento de nuestros años.
Con el tiempo, las llamadas se hicieron más raras, igual que los intentos por convencerlo de que volviera. Nuestras anécdotas del ayer se desgastaron a fuerza de tanto repetirlas sin tener nuevos relatos compartidos para refrescarlas.
Comenzó a sentirse la lejanía. Siempre, por más que duela, los que se quedan, como los que se fueron, tienen que seguir sus vidas, así es este negocio.
Hace dos años, los escolapios de la 18 de Marzo, salieron volados como de costumbre a encontrarse con la sonrisa y la vendimia de Doña Ofe, pero esta vez la acera de enfrente estaba vacía. Y así se quedó ya después.
Una enfermedad nunca atendida la tumbó en la cama. Ya no se levantó. Fue perdiendo la conciencia poco a poco, fue fulminante. Pronto fue incapaz de reconocer a nadie. Cuando alguna especie de lucidez le llegaba, se enderezaba apenas y comenzaba a mirar por el cuarto. “Donde está mi’jo, ónde estás Migue, míralo, ven para acá”.
Un pariente le llamó y le advirtió a Miguel que tenía que apurarse para alcanzar a verla, pero el Migue nunca llegó. Sepultamos a Doña Ofe un martes.
Nunca le pregunté a Migue por qué no estuvo ahí. Yo sé por qué, y todos los que han compartido su suerte también lo saben. Migue dejó el pueblo hace 11 años y nunca pudo volver a atascarle de besos la cara a su madre. Después de más de una década de caminar caminos bifurcados, en marzo iré a Los Ángeles, donde Migue vive ahora, aunque ahora ya es el Mike. Nomás voy a saludarlo. Será la primera vez que lo veo desde que se fue del pueblo. No sé qué tanto tendremos aún en común si es que algo queda. Pa soltarnos la lengua de cualquier manera, ya compré las Caguamas, al rato a ver cómo las hago entrar en la maleta...